Marianella decidió que no se quedaría allí para enterarse de cual era su castigo, y mientras Tacho intentaba hacer reaccionar a Malvina, tomó su bolsa sucia y raída, y huyó. Cruzó a toda velocidad la sala desierta, y salió de la mansión. Como había anticipado Justina, el portón ya estaba cerrado. Entonces, sin perder un segundo, lo trepó con agilidad. Siempre mirando hacia atrás en su huida, no vio la fuente de cemento que estaba junto al portón, tropezó y cayó de bruces en el agua. Y de pronto una mano la ayudó a salir.   

   Era un chico de su edad, tal vez un año más grande, de cabello algo largo, lacio y castaño, con una sonrisa perfecta y dos lunares en la mejilla. Era Thiago, recién llegado del aeropuerto, que con aires de caballero le preguntó, mientras ella empapada tiritaba:
  
 - ¿Y vos quién sos?

   Marianella no podía pensar ni en su nombre. Sólo en esa extraña sensación que tenía en su panza, una especie de revoltijo mezclado con calor. Y un olor que le quedaría impregnado para siempre: el agua de la fuente estaba repleta de flores de jazmín.

   Así funciona  muchas veces la providencia: escapando del destino, no hacemos más que correr hacia él.


Casi  Ángeles  - La isla de Eudamon

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